El aire en la oficina de Parker Kensington era tan denso que parecía sólido. Yo estaba sentado frente a su escritorio de caoba, con la adrenalina recorriéndome la espalda como un río de hielo. Había traído un documento, una serie de pruebas recopiladas con un sigilo que rozaba lo obsesivo, evidencias de la fragmentación que estaba destruyendo la mente de la mujer a la que ambos, a nuestra manera, intentábamos poseer.
Parker estaba de pie, mirando hacia el ventanal que dominaba la ciudad, con la