El sonido de las campanas de la catedral no era un anuncio de felicidad, sino un replicar metálico y pesado que sentía como golpes sobre mi propia cabeza. La boda Sinclair-Kensington no fue una ceremonia; fue una exhibición de poder, una puesta en escena tan calculada y fría que hasta el aire que respirábamos dentro del templo parecía haber sido filtrado por abogados.
Llevaba un vestido de encaje francés que costaba más que la casa de mis sueños, aquel hogar que alguna vez imaginé pintar de colo