Capitulo 8
El cuarto día se consumió entre las sábanas de la habitación y la penumbra de las persianas entornadas, como si el tiempo hubiera decidido detenerse solo para nosotros. Barcelona seguía allí fuera, una ciudad vibrante y ajena, pero nuestro universo se había reducido a las cuatro paredes de aquel hotel, al roce de nuestra piel, a la respiración compartida y al silencio cómplice. No necesitábamos salir. La comida, las conversaciones sobre temas triviales y el sexo —un descubrimiento constante y ha