La luz de la luna, filtrándose por los grandes ventanales de la habitación, dibujaba sombras alargadas sobre las sábanas de seda, pero en el interior del recinto, el mundo se había reducido a la distancia entre nuestros cuerpos. La piel de Charlotte era una geografía que conocía de memoria, y sin embargo, esa noche, bajo el peso de lo que habíamos vivido horas antes, se sentía como un territorio desconocido que debía reclamar con una mezcla de desesperación y reverencia.
Comencé el recorrido en