El ala privada del hospital en Manhattan era un búnker de cristal y acero. Dante permanecía inmóvil, con la mirada perdida en el techo, mientras el goteo de los analgésicos intentaba aplacar el incendio en su costado. No era el dolor físico lo que lo mantenía en vilo, sino el vacío absoluto. Había despertado en un mundo donde ella seguía sin estar, y esa era la única herida que no cerraría con puntos de sutura.
La puerta se abrió con la frialdad de quien se sabe dueño del lugar. Eleonora Van