Elara terminó de acomodar las almohadas de su padre, sintiendo una calidez en el pecho que no había experimentado en años. Sin embargo, antes de que pudiera sentarse a su lado, Alfonso le tomó la mano con una debilidad que aún conservaba la autoridad de un padre.
—Elara, mi niña... —susurró Alfonso, mirando de reojo hacia la puerta—. Déjanos un momento. Quiero hablar con el señor Vance. A solas.
Elara se tensó. Miró a Dante, quien permanecía de pie cerca de la ventana con una expresión de s