La rutina en la Mansión Vance adquirió un ritmo eléctrico. Elara ya no era la sombra que deambulaba por los jardines; ahora era una ráfaga de energía que salía cada mañana con pesados libros de texto y regresaba con los ojos brillantes de conocimiento. Dante, por su parte, había empezado a ajustar su agenda. El hombre que no perdonaba un minuto de retraso en sus juntas, ahora se aseguraba de estar en casa a las seis de la tarde para recibirla.
Una noche, mientras ella estudiaba en la gran