El silencio dentro de la cabaña era tan espeso que Elara podía oír el ritmo errático de su propio corazón. Al otro lado de la puerta, sentía la presencia de Dante como una marea de calor que amenazaba con derretir los muros de hielo que ella había construido. Él no estaba exigiendo, no estaba gritando. Estaba allí, simplemente existiendo, humillado en el suelo de su propio imperio por el simple deseo de estar cerca de ella.
Esa vulnerabilidad en el hombre que la había quebrado era lo que más