La cabaña era una estructura de cristal y madera oscura que emergía del bosque como un secreto avergonzado. Por dentro, olía a pino y a una limpieza aséptica que a Elara le resultaba insultante. No había rastro de la opulencia dorada de la mansión principal, pero cada mueble, cada sábana de seda, cada cuadro en la pared gritaba el nombre de su carcelero.
Elara cerró la puerta con doble llave y se apoyó contra la madera, dejando que la oscuridad la envolviera. No encendió las luces. No quería