El amanecer en la Mansión Vance no trajo consigo el alivio de la luz, sino una claridad cruda que desnudaba cada grieta en el alma de sus habitantes.
Elara se despertó en el suelo de la pequeña habitación del ala de servicio. No lo hizo por incomodidad —el frío del mármol era lo único que la hacía sentirse anclada a la realidad—, sino por el peso de una mirada. No necesitó abrir los ojos para saber que él estaba allí. El aroma a sándalo y el magnetismo pesado de su presencia eran tan inco