El silencio en el pabellón de aislamiento era tan denso que Elara podía escuchar el zumbido eléctrico de las lámparas halógenas en el techo. Tras la partida de Dante, la amenaza de los dedos de su padre colgaba sobre ella como una guillotina oxidada. Se dejó caer al suelo, sintiendo que el oxígeno de la habitación se volvía escaso, viciado por el olor a desinfectante industrial y a su propia angustia contenida.
—Piensa, Elara. Piensa —se recriminó a sí misma, golpeando su frente con los nud