El frío del pabellón de aislamiento en el ala norte de la mansión Vance no era un frío climático; era un frío molecular, de esos que se instalan en la médula ósea y te recuerdan que el mundo ha dejado de ser un lugar seguro. Habían pasado exactamente cuatro horas y doce minutos desde que los guardias de Dante la habían arrastrado por los pasillos, con sus pies descalzos rozando el mármol frío, hasta arrojarla en aquel cuarto de paredes acolchadas.
Elara estaba sentada en un rincón, con la es