La mañana del miércoles no trajo consigo el sol, sino una luz blanca y fría que hacía relucir los paneles de vidrio templado de la nueva clínica Ríos. Elara no había tomado café. Tenía la boca seca y la atención fija en los pasos del inspector del Ministerio de Salud, un hombre de traje gris cuya mirada parecía buscar una veta de polvo o un cable mal sellado en cada esquina del ala de consulta externa.
Sophie caminaba dos pasos atrás, sosteniendo una tableta donde los gráficos de las certif