El trayecto desde la suite de la clínica hasta los límites de la urbanización residencial se sintió como el cruce definitivo de una frontera invisible. Al traspasar los imponentes portones de hierro forjado y los estrictos controles de seguridad —un protocolo blindado que el propio Dante Vance había reforzado personalmente tras el último altercado—, los ecos del pasado parecieron disolverse, reemplazados por el aire fresco de la tarde.
Dentro del habitáculo del coche de lujo, el silencio ya