Eleonora contuvo el aliento, encogiéndose en la cama. Cerró los ojos con una agonía indescriptible, apretando los párpados mientras las lágrimas se perdían en sus sienes. En el fondo de su corazón de madre, en esos rincones oscuros que siempre había evitado mirar, ella siempre había intuido la naturaleza inestable, psicópata y manipuladora de su hijo menor. Pero el orgullo del apellido Vance había sido su religión. Ver a Dante allí, tan entero, tan impecable, confrontándola con las pruebas irre