La mañana de la asamblea extraordinaria amaneció gris, envuelta en una densa bruma que parecía imitar la atmósfera gélida del piso cincuenta de la Corporación Vance. El silencio en el vestíbulo ejecutivo era sepulcral, interrumpido únicamente por el clic rítmico de los tacones de las secretarias y el zumbido sutil del ascensor privado. En la sala de juntas principal, la tensión se respiraba en el aire; el ambiente estaba tan cargado que parecía requerir un esfuerzo físico solo para inhalar.
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