El silencio que cayó sobre la suite de cuidados intensivos fue tan cortante como un bisturí. Dante se quedó inmóvil junto al umbral de la puerta, con la mano aún apoyada en la manija cromada y el semblante de piedra. Sus ojos oscuros e indescifrables se fijaron en la escena: su madre, la implacable Eleonora Vance, estaba despierta. Pero no había rastro de la altivez aristocrática con la que siempre gobernó a la familia; se la veía frágil, rota, aferrando la muñeca de Elara con una desesperación