El tic tac del reloj de pared en la cocina marcaba las seis en punto cuando el sonido de unos pasos firmes sobre la grava del porche anunció su llegada. Elara, que terminaba de acomodar los cubiertos en la mesa, sintió un vuelco repentino en el estómago. Trató de respirar hondo, pero al caminar hacia la entrada principal, su corazón comenzó a latir con una fuerza incontrolable, casi con la timidez y el ritmo alborotado de una adolescente.
Cuando abrió la puerta, el aire fresco de la tarde ent