El silencio que reinaba en la suite principal de la mansión Vance era casi asfixiante, una calma pesada que contrastaba violentamente con el estruendo de los disparos que aún resonaba en los oídos de Elara. Sentada al borde de la inmensa cama, contemplaba sus manos vacías. Todavía podía sentir la vibración metálica del arma, el olor a pólvora quemada incrustado en su piel y el peso agónico de ver a Camila caer al asfalto. Había matado a su propia hermana. Aunque fuera en defensa propia, aunque