—Entonces construiremos otro.
Ella soltó una risa breve, incrédula.
—Hablas como si eso fuera fácil.
—No lo es —admitió—. Pero es posible.
El silencio volvió a instalarse. Esta vez, Leyla no lo rompió. Caminó hasta la ventana de la sala y miró hacia abajo. Personas entrando y saliendo del edificio. Humanas. Ignorantes del submundo que coexistía con ellas.
—Si me quedo —dijo al fin—, no quiero ser un secreto sucio.
—No lo serás.
—Ni una reina en una jaula dorada.
—Tampoco.
—Ni un símbolo para tu