Aron permaneció inmóvil durante varios segundos después de que el rugido del motor de la motocicleta se perdiera entre los edificios. El eco del aullido que había lanzado aún vibraba en su pecho, como si su propio cuerpo se negara a aceptar la realidad: la había encontrado… y la había perdido en el mismo instante.Su lobo daba vueltas dentro de él, inquieto, frustrado, golpeando los límites de su autocontrol con una ferocidad que no sentía desde hacía años. No era solo rabia. Era algo más primario, más profundo. Una herida abierta que ardía con cada segundo que pasaba.—Tranquilo —murmuró entre dientes, más para sí mismo que para la bestia—. La encontraremos.Pero incluso mientras lo decía, sabía que no era tan sencillo.Caminó hasta el centro del estacionamiento, inhalando profundamente. Sus sentidos se expandieron, buscando rastros: el olor del caucho caliente, el leve perfume de gasolina, y, por encima de todo, ese aroma. Dulce y salvaje al mismo tiempo. Único. Inconfundible.Su co
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