—Leyla —dijo, ya en la puerta—. ¿Qué pasó?
Ella levantó la vista hacia el espejo.
En su clavícula izquierda, apenas visible bajo la piel, había una sombra irregular. No era un moretón. No era una herida. Era una señal energética, una impronta antigua que solo alguien de su sangre sabría leer.
Su manada.
—Ya me encontraron —dijo con voz hueca—. No físicamente. Pero saben que estoy cerca.
Aron entró al baño, deteniéndose a dos pasos de ella. Sus ojos se oscurecieron al instante.
—¿Es una marca de