El puño de Daryel se estrelló contra la puerta del despacho de Alessandro, en un eco de la rabia que le hervía en las venas.
La imagen de Sofía, con el rostro pálido y los ojos llenos de una extraña serenidad, repitiendo que estaba "bien", e incluso que Alessandro la necesitaba, había sido la gota que derramó el vaso.
Él había usado la inocencia de su hermana como un arma, la había roto y, lo peor de todo, había logrado que ella lo idolatrara por ello.
Sin esperar, Daryel abrió la puerta de g