El eco de la pesada puerta de madera cerrándose con un golpe seco en el pasillo resonó en la mente de Alessandro Bianchi como una bofetada a mano abierta. Sus puños se cerraron con tanta fuerza que los nudillos se le tornaron blancos, casi translúcidos.
Daryel Metaxis.
La mujer que había invadido sus pensamientos, la que lo había desafiado en un acto de pura soberbia corporativa y que, solo unas noches después, se atrevía a rechazarlo en su propia mansión, convirtiéndose en una estatua de hi