El ambiente en la sala de visitas de la prisión estatal era tan frío como el acero de las rejas que custodiaban el lugar. El aire apestaba a moho, a desinfectante industrial y a la desesperación concentrada de los hombres olvidados por el mundo.
Andrés Stewart, enfundado en su traje de diseñador a medida, se sentía como un intruso de otro universo. El brillo de sus gemelos de oro macizo contrastaba de forma grotesca con el gris sucio de la mesa de metal y la silla desgastada. Estaba profundam