A medida que, los días pasaban, el desespero de Daryel iba en aumento.
El encierro no era un concepto que Daryel Metaxis conociera o supiera manejar bien.
Su vida entera había sido una sucesión de espacios abiertos, de fronteras que se movían a su antojo.
Incluso, desde la infancia, su palabra era ley, y su capricho, una orden.
Sin embargo, ahora, su mundo se había reducido a las paredes de una mansión, un palacio que era, en su esencia, una prision dorada.
Las horas se arrastraban, y cada