El aire en el pasillo se sentía como mercurio congelado: denso, pesado y venenoso. No corrí. Me retiré de la habitación de mi hermana con la dignidad gélida de una soberana que acaba de presenciar la caída de un reino ajeno. Pero cada paso que daba era una puñalada directa al corazón.
La imagen de Sofía acurrucada contra el pecho de Alessandro Bianchi se había quedado grabada a fuego en mi retina. Era la prueba irrefutable que aniquilaba cualquier duda: mi hermana ya no era solo una víctima;