El mármol pulido y los ventanales de la oficina ejecutiva de Andrés Stewart parecían, esa mañana, un sarcófago de cristal. Sentado tras una mesa de ébano que valía más que la casa de la mayoría de sus empleados, Andrés no sentía el control que su fortuna solía inspirarle. Su rostro, habitualmente sereno y atractivo, estaba contraído en una máscara de ira y pánico apenas contenido.
Frente a él, un holograma proyectaba gráficos bursátiles en tonos rojos chillones, señalando una caída libre. Ste