El aire se electrificó en el umbral. El desafío lanzado por mí, envuelto en seda negra y perfumado con la rabia de los celos, había golpeado a Alessandro en el único lugar donde era vulnerable: su obsesión conmigo. Su deseo, largamente reprimido y desatado ahora por la traición, era una fuerza volcánica.
Alessandro tardó un segundo —un instante que se sintió eterno— en procesar el giro de las cosas. Sabía a la perfección que mi entrega era una mentira, una estrategia más para encontrar su punt