El invierno de 2069 llegó sin que nadie lo esperara.
No porque la nieve fuera repentina o el frío insoportable, sino porque algo en el fiordo había cambiado. Los arbustos del jardín, que desde aquella noche habían recuperado algunas de sus flores, ahora se movían con un ritmo que no era el del viento. Era un latido lento, profundo, como si el jardín estuviera respirando.
Alma pasaba horas junto al árbol, con las manos enterradas en la tierra. No buscaba preguntas. Escuchaba.
—¿Qué oyes? —le pre