Era una noche de otoño sin luna. El fiordo estaba tan quieto que el agua parecía hecha de cristal negro. No soplaba el viento. No cantaban los pájaros. Hasta el árbol de las historias había detenido su susurro eterno.
Fue Sol quien lo sintió primero. Se despertó en la oscuridad con la certeza de que algo faltaba. No era miedo. Era un vacío, un silencio más profundo que el silencio habitual.
—Alma —susurró—. Despierta.
—¿Qué pasa?
—Escucha.
Alma escuchó. No había nada. Ni el crujido de la cabaña