El verano de 2068 trajo consigo un nuevo tipo de visitante.
No eran buscadores de preguntas, ni lectores del libro, ni curiosos atraídos por las historias. Eran personas que llegaban al fiordo con una quietud extraña, como si ya hubieran encontrado lo que buscaban, y solo necesitaran un lugar donde detenerse.
Alma fue la primera en notarlo. Estaba en el muelle, mirando el agua, cuando una mujer de mediana edad se sentó a su lado sin decir nada. Se quedaron así, en silencio, durante lo que parec