El invierno de 2068 fue diferente a todos los anteriores.
No por el frío, que era el de siempre, sino por algo que empezó a suceder en la cabaña. Los visitantes que llegaban ya no solo se quedaban unos días. Algunos pedían quedarse más tiempo, semanas, a veces meses. No había espacio, pero de alguna manera, siempre lo había.
—Es como si la cabaña se estirara —dijo Maja una tarde, contando las camas que aparecían donde antes no había nada.
—No se estira —respondió Sol—. Es que hay más preguntas.