El otoño de 2067 llegó con un viento que nadie supo nombrar.
No era frío ni cálido, no venía del norte ni del sur. Soplaba desde el centro del fiordo, desde el agua quieta, y traía consigo un olor a tierra mojada y a flores que no florecían en esa época. Los arbustos del jardín se mecían sin que hubiera viento, y las luces que a veces aparecían entre las ramas brillaban con una intensidad nueva.
Sol lo sintió primero, como siempre. Pero esta vez no fue a despertar a Alma. Se quedó en su cama, c