El otoño de 2064 trajo consigo las primeras preguntas de Alma.
La niña, que acababa de cumplir dos años, había comenzado a hablar con una fluidez que sorprendía a todos. Pero no hablaba de juguetes o de colores, como otros niños de su edad. Hablaba de luces, de sombras, de personas que no estaban.
—¿Mamá? —preguntó una tarde, mientras Maja la mecía—. ¿Por qué el abuelo luz no viene más?
Maja se quedó sin palabras. Nunca le había hablado del abuelo luz. Erik tampoco. Y sin embargo, Alma sabía.
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