La primavera de 2045 llegó sin mí.
O al menos, sin mi cuerpo. Porque en cierto modo, yo seguía allí. En el viento que acariciaba el fiordo, en la luz que bailaba sobre el agua, en las historias que se contaban alrededor del fuego.
Leo y Sofia decidieron quedarse en la cabaña ese año. Necesitaban tiempo, decían, para asimilar, para recordar, para sentirme cerca. El pequeño Erik correteaba por los mismos senderos que yo había recorrido, hacía las mismas preguntas, veía las mismas luces.
—Papá —pr