El invierno se instaló en el fiordo con la autoridad de quien sabe que es el verdadero dueño de estas tierras. Enero fue un mes de tormentas y noches interminables, de ventanas congeladas y reservas de leña que menguaban más rápido de lo que podíamos reponerlas. Febrero trajo una calma engañosa, días claros y fríos en los que el fiordo parecía de vidrio y las montañas, de papel.
Lena y yo habíamos aprendido a vivir con el frío. No a ignorarlo, sino a respetarlo. Era como un vecino exigente que,