El otoño llegó con su paleta de ocres y rojos, pintando las laderas del fiordo como si un artista gigante hubiera derramado sus colores sobre el mundo. Las noches volvían a ser noches, largas y estrelladas, y el frío se instalaba con la calma de quien sabe que se quedará meses.
Lena y yo habíamos establecido una rutina que era casi un ritual. Las mañanas eran para el trabajo: ella con sus datos y sus comunicaciones, yo con la leña y las reparaciones. Las tardes para pasear, para hablar, para no