El verano llegó al fiordo con una explosión de luz y vida.
Los días se estiraron hasta volverse casi eternos, el sol negándose a esconderse tras las montañas. El agua del fiordo, antes negra y amenazante, se volvió verde esmeralda, reflejando un cielo que cambiaba de tonos cada hora. Hasta los pájaros, esos habitantes discretos del norte, parecían más ruidosos, más presentes.
Lena lo llamaba "el gran despertar". Yo lo llamaba simplemente vivir.
Las comunicaciones con la red seguían su curso. Yu