La primavera en Suecia no se parece a ninguna otra.
El deshielo convierte los bosques en un concierto de gotas y arroyos nuevos. Los árboles, desnudos durante meses, comienzan a vestirse de un verde tan tierno que parece mentira. Y el aire, ese aire frío pero no glacial, huele a tierra despierta, a vida que vuelve.
El pequeño Leo me tomó de la mano y me llevó a su lugar secreto: un claro en el bosque, a diez minutos de la cabaña, donde un arroyo se ensanchaba formando una pequeña charca. Allí,