La calculadora golpeó a la criatura en el pecho con un sonido seco. No hizo daño físico, pero el impacto del plástico viejo y los circuitos muertos hizo que retrocediera otro paso, como si el simple contacto con un objeto tan trivialmente humano fuera insoportable. El heavy metal seguía retumbando desde la radio, una barrera de sonido caótica entre nosotros.
Aproveché su momentánea desorientación. No para atacar —sabía que no podría ganar en un enfrentamiento directo—, sino para huir. Di media