El Instituto estaba aún más silencioso a mi regreso, si eso era posible. La puerta del invernadero que había forzado ahora parecía una boca entreabierta. Entré con cautela, iluminando cada rincón con mi linterna antes de dar un paso. El aire seguía cargado con el olor a tierra y a vegetación, pero ahora detectaba un dejo de algo más: ozono fétido, el mismo olor del árbol enfermo.
Me dirigí directamente al laboratorio de Lena. Esta vez no me distraje con los papeles del suelo. Me centré en su es