La furgoneta avanzó durante una hora por pistas forestales cada vez más estrechas, hasta que Lena se detuvo en un claro.
—Aquí termina el camino—dijo, apagando el motor.
El silencio que cayó fue profundo.No el silencio vacío de la ciudad, sino un tapiz denso de pequeños sonidos: el crujido de la chasis al enfriarse, el goteo de la humedad de los árboles, el susurro del viento en las copas. Pero conforme nos quedamos quietos, noté algo: esa capa de fondo era irregular. Como si a nuestro alrededo