El laboratorio de Lena Varga era una extensión ordenada de su mente: estanterías meticulosas con muestras de corteza y tierra, pantallas de ordenador mostrando gráficas de ondas sonoras espectrales, equipo de audio de alta gama y, en una esquina, una cafetera medio llena de un líquido negro y espeso. El olor era a tierra húmeda, a café rancio y a ozono de electrónica.
Cerró la puerta con llave tras de nosotros. Se volvió, cruzando los brazos sobre la bata blanca.
—¿Quién es usted?¿Qué sabe de P