El agua era un puño helado que me apretaba el pecho. La corriente del canal de servicio me arrastraba, haciéndome girar lentamente como un tronco a la deriva. El zumbido del tranquilizante en mis venas luchaba contra el shock del frío. Mantenía la cabeza fuera del agua a duras penas, cada bocanada de aire era una victoria. El paquete de plástico, ahora empapado y pesado, seguía agarrado bajo mi chaqueta.
Las voces de Sokolov y sus hombres se desvanecieron en la distancia, ahogadas por el chapot