El agua era un puño helado que me apretaba el pecho. La corriente del canal de servicio me arrastraba, haciéndome girar lentamente como un tronco a la deriva. El zumbido del tranquilizante en mis venas luchaba contra el shock del frío. Mantenía la cabeza fuera del agua a duras penas, cada bocanada de aire era una victoria. El paquete de plástico, ahora empapado y pesado, seguía agarrado bajo mi chaqueta.
Las voces de Sokolov y sus hombres se desvanecieron en la distancia, ahogadas por el chapoteo del agua y el latido de mi propia sangre en los oídos. Las luces de los muelles se redujeron a manchas borrosas, luego a puntos, hasta desaparecer detrás de una curva del canal.
No sabía adónde iba. El canal desembocaría en el puerto principal, y de ahí al río. O terminaría en una reja, en una trampa de basura flotante donde me ahogaría tranquilamente. La parte de mi cerebro que aún funcionaba con lógica sabía que mis posibilidades eran escasas. Pero otra parte, más profunda y obstinada, simp