Tres meses después, la vida sigue avanzando con una obstinación que no pide permiso, y el calendario marca una fecha que, para cualquiera que no conociera la historia completa, podría parecer una celebración limpia, luminosa, incluso reparadora: el casamiento de Sophie y Cristóbal.
La ceremonia se celebra en las afueras de Milán, en una villa antigua rodeada de jardines cuidados con una precisión casi obsesiva, como si cada árbol, cada sendero y cada fuente hubieran sido colocados para sostener la idea de orden, de continuidad, de futuro, y desde temprano el lugar se llena de un murmullo constante que mezcla expectativas, reencuentros y esa alegría contenida que suele aparecer cuando dos personas deciden prometerse algo frente a otros.
Para Amara, sin embargo, la mañana comienza con una presión extraña en el pecho, una sensación persistente de estar llegando a un lugar que ya no le pertenece del todo, aunque sea invitada de honor, aunque todos la saluden con sonrisas sinceras, aunque