Amara no busca la carta, no la espera, no imagina siquiera que va a encontrarla, porque llega a casa con la cabeza saturada de números, reuniones que no terminaron como esperaba, llamadas que exigían respuestas inmediatas y la sensación constante de estar sosteniendo una estructura demasiado grande con las manos cansadas, y cuando atraviesa el living con el abrigo todavía puesto lo único que quiere es silencio, unos minutos sin demandas, sin decisiones, sin tener que ser la mujer que todos espe