La noche en el hospital de Carlota parece una de esas que nunca terminan. El pasillo está casi vacío, las luces blancas parpadean de vez en cuando y el sonido constante de las máquinas crea un murmullo mecánico que, para cualquiera, sería tranquilizador, pero para ella es solo un recordatorio de que ha estado demasiado cerca de la muerte y que hay gente afuera que no se conforma con haber fallado una sola vez.
Carlota duerme de costado, o al menos eso intenta. Sigue conectada a una vía, tiene