El reloj del despacho marca las tres de la madrugada. En la casona de los Laveau, solo el eco de los relámpagos rompe el silencio. Carlos está sentado frente a su escritorio, con la cabeza hundida entre las manos, y el vaso de whisky intacto desde hace horas. Ya no bebe. Ya no duerme. Solo piensa.
El rostro de Úrsula, temblando de ira horas atrás, le ronda como un espectro. Las palabras de Liam, sus advertencias envueltas en medias verdades, también.
–¡Carajo!, Todos fingen, todos ocultan