La lluvia ha cesado hace horas, pero el frío en la cabaña parece haberse congelado en los muros. Dentro, hay una sola lámpara colgante chisporrotea, lanzando destellos intermitentes sobre las sombras retorcidas de los presentes. Amara está arrodillada, temblando, con la cara amoratada y los labios partidos. Su respiración es un susurro entrecortado. Las cuerdas que le atan las muñecas están teñidas de sangre seca.
–¿Estás segura de que vendrá esta noche? –pregunta Úrsula con voz ronca, mirando